miércoles, 11 de mayo de 2011

Artículo de Pilar Rahola en la Vanguardia: Dios y sus cosas


Dios y sus cosas, o más bien las cosas de aquellos que creen en Dios. En días como hoy, y más allá de gozar del tiempo festivo robado a la agenda, siempre recalo en la idea de la trascendencia divina. Y no tanto como una interrogación personal, porque hace años que descarté llenar con respuestas prefabricadas mis preguntas más hirientes. Prefiero militar en la duda, esa duda que aterriza en los miedos y en las soledades y que no da opción a ningún bálsamo. Ciertamente, como he escrito en alguna otra ocasión, creer en Dios significa vivir y morir más acompañado. No es mi caso, porque, aunque me esforzara en aceptar algún tipo de dogma, siempre sabría que me estoy haciendo trampas al solitario. Los habitantes de la duda permanente nos llevamos mal con la fe y con sus intangibles. Pero con independencia de la actitud personal hacia el concepto de Dios, estos días me parecen especialmente bellos para los que gozan de una fe sincera. Gentes que han construido grandes edificios de buenas acciones, porque creer los ha hecho más nobles y más humanos. Gentes que cuando rezan, aman, y amando dan algo de luz a los rincones sombríos del mundo. Va para ellos este artículo, cuya incapacidad para entender a Dios no lo inutiliza para entender a los creyentes. Hace tiempo leí una reflexión de Bertrand Russell que me pareció sublime: “Si Dios existe, no será tan vanidoso como para castigar a quienes no creen en él”. Toda idea de la trascendencia espiritual reconvertida en tortura, dolor, infierno y cualquier sentido de culpa me parece tan tortuosa como incomprensible.

No puedo entender de ningún modo ese tipo de fe que concibe un Dios castigador y punitivo, sin otra piedad que la exigencia de su dominio. Y reconozco que no me gusta la exhibición de martirio de los pasos de Semana Santa, quizás porque prefiero el Dios que renace el domingo que el que muere el viernes. La vida sobre la muerte. Pero con el Dios de las monjas de mi infancia, que enseñaba a amar al prójimo y dibujaba con renglones caritativos las líneas de la vida, con ese Dios me tuteo sin creer. Porque es la fuente de inspiración de gentes extraordinarias. Va por todos ellos. Los que creen en los dioses de la vida y no en los de la muerte. Los que aprenden a entender a los demás, cuando aprenden a creer. Los que buscan respuestas sin imponer dogmas.

Los que conciben sus creencias como una fuente de tolerancia. Los que ayudan a su prójimo porque lo conciben como su hermano. Los que gracias a Dios encuentran tiempo para construirse interiormente. Los que buscan dotar de trascendencia su paso por el mundo. Los que entienden que creer en Dios es creer en la ciencia. Los que tienen respuestas pero siguen haciéndose preguntas. Los que rezan porque aman. Para todos ellos, los creyentes del Dios del amor, feliz domingo de Resurrección.

jueves, 28 de abril de 2011

domingo, 24 de abril de 2011

GÉNESIS PARA EL TERCER MILENIO

Había Dios. Y Dios era Todo-lo-que-era. El amor de Dios desbordaba, y Dios dijo: "Que tenga capacidad para devenir lo que podría ser, haciéndose a sí mismo. y que explore sus potencialidades". Y hubo lo Otro en Dios, un campo de energía, de energía vibrante; pero no la materia, ni el espacio, ni el tiempo, ni la forma. hace más o menos doce mil millones de años de nuestro tiempo, obedeciendo las leyes que le habían sido dadas y con una intensamente cálida oleada de energía -una gran explosión (big-bang) caliente-, este Otro explotó en forma de universo a partir de un punto, creando así el espacio.
Aparecieron vibrantes partículas fundamentales, que se expandieron, a la vez que se enfriaban y condensaban en nubes de gas bañadas en luz radiante. El Universo siguió expandiéndose y condensándose en giratorios torbellinos de materia y luz: mil millones de galaxias.
Hace cinco mil millones de años, una estrella de una galaxia -nuestro sol- acabó rodeada de materia en forma de planetas. Uno de ellos era la Tierra. En la superficie de ésta, la unión de átomos y la temperatura llegaron a ser justamente las adecuadas para permitir la aparición de agua y rocas sólidas. Se formaron los continentes y las montañas; y en alguna profunda sima húmeda o en el fondo del mar, hace poco más de tres mil millones de años, algunas moléculas alcanzaron el tamaño y la complejidad suficientes para replicarse y convertirse en las primeras motas de vida. 
La vida se multiplicó en los mares, diversificándose y haciéndose más y más compleja. hace quinientos millones de años aparecieron criaturas con esqueletos sólidos: los vertebrados. Las algas en los mares y las verdes plantas sobre la tierra modificaron la atmósfera mediante la producción de oxígeno. Luego, hace trescientos millones de años, algunos peces aprendieron a arrastrarse fuera del mar y a vivir en la orilla, en tierra firme, respirando el oxígeno que contenía el aire.
A partir de ese momento, se produjo un multiforme estallido de vida: reptiles y mamíferos (y dinosaurios) en la tierra, reptiles y aves en el aire. En el curso de millones de años, los mamíferos desarrollaron cerebros complejos que los dotaron de la capacidad de aprendizaje. Entre ellos había criaturas que vivían en los árboles . De estos primitivos antepasados terminaron surgiendo los primeros seres humanos, varón y mujer, aunque ello no aconteció hasta hace cuarenta mil años. Comenzaron a conocerse a sí mismos y a saber lo que hacías: no solo tenían conciencia, sino también autoconciencia. Se escuchó la primera palabra, la primera risa. Se hicieron las primeras pinturas. Surgió el primer atisbo de un destino más allá de la muerte... y, al mismo tiempo, los primeros signos de esperanza, pues estas gentes enterraban a sus muertos de forma ritual. Se dirigieron las primeras oraciones al Uno que hizo Todo-lo-que-es y Todo-lo-que-deviene: las primeras experiencias de bondad, belleza y verdad. Pero también de todo lo contrario, ya que los seres humanos eran libres.
Arthur Peacocke, teólogo y boquímico, en Los caminos de la ciencia hacia Dios, Sal Terrae, Santander 2008, pp 23-24.